En pleno siglo XXI, con los avances en tecnología y prevención, resulta incomprensible que sigamos viendo cómo nuestros montes y parcelas se convierten en auténticas bombas de humo durante el verano. La crisis climática no perdona, y fenómenos como olas de calor prolongadas y sequías extremas convierten cualquier descuido en un riesgo inminente. Y, sin embargo, gran parte de estos incendios no son meros accidentes de la naturaleza: son el resultado de la dejadez humana, tanto de administraciones como de propietarios de terrenos.
Cada propietario o propietaria tiene, por ley y por sentido común, la obligación de mantener sus fincas limpias y seguras. Desbrozar, retirar maleza y podar árboles no es una sugerencia: es un deber que protege no solo su propiedad, sino también el ecosistema y la vida de vecinos y vecinas. Ignorar esta responsabilidad es sembrar peligro, y cuando las llamas avanzan, esos descuidos se pagan caro.
Pero la responsabilidad no termina ahí. Las administraciones tienen un papel central en la prevención de incendios, y muchas veces fallan estrepitosamente. No basta con prometer brigadas forestales ni difundir consejos: hacen falta medios adecuados, planificación real y, sobre todo, capacidad para hacer cumplir la ley. La falta de vigilancia sobre fincas sin desbrozar y lindes abandonadas es una forma de complicidad con la destrucción. Para solucionarlo, es imprescindible aumentar la vigilancia, sancionar a quienes incumplen sus obligaciones de limpieza y actuar de forma subsidiaria, pasando la factura a los propietarios que no desbrocen. La ley debe ser una herramienta de prevención y no un papel olvidado en un cajón.
Esta dejadez administrativa también se extiende a la interfaz urbano-forestal, donde casas y pueblos conviven con la naturaleza. Calles rodeadas de maleza, lindes sin cuidar y parcelas abandonadas no son solo un paisaje descuidado: son auténticas trampas de fuego.
Para proteger los espacios naturales, se deben incrementar los cortafuegos, reduciendo la continuidad del combustible y evitando incendios de sexta generación que se expanden con una velocidad imposible de controlar.
Igualmente, los operativos de prevención y extinción de incendios necesitan más personal, mejores condiciones laborales y formación anual. No podemos esperar que unos pocos trabajadores en condiciones precarias y mal dotados combatan incendios gigantescos sin el respaldo que merecen. Dotarles de recursos, entrenamiento y estabilidad es una inversión directa en seguridad para todos.
La prevención no puede ser un eslogan: requiere acción concreta y sostenida. Solo combinando la responsabilidad individual de los propietarios con administraciones vigilantes, sancionadoras y bien equipadas podremos empezar a hablar de prevención real, en lugar de lamentar cada verano las pérdidas humanas, económicas y ecológicas que podrían haberse evitado.
Los incendios no son inevitables: son la consecuencia de la combinación explosiva de negligencia individual y administración pasiva. Ignorarlo es seguir jugando con fuego, y esta vez, literalmente.